News Thom Browne aterriza en París
La semana de la moda masculina de París clausuraba su programa de desfiles el pasado domingo con el debut en la capital francesa del diseñador norteamericano Thom Browne, tan conocido por su sistemática reducción de las piezas clásicas de sastrería como por la elaborada puesta en escena de sus desfiles, organizados en piscinas, pistas de tenis o velódromos y siempre cuidadosamente coreografiados. Como era de esperar, la puesta de largo de Browne en París no defraudó a los espectadores.
El desfile se celebró en la antigua sede del Partido Comunista Francés, un futurista edificio proyectado por Óscar Niemeyer cuyo interior fue decorado como la sede de Naciones Unidas para recibir a medio centenar de modelos ataviados con trajes espaciales relucientemente blancos. El envoltorio galáctico resultó ser tan sólo un juguetón guiño a esa infancia que Browne parece reivindicar para el hombre contemporáneo. Despojados de él, los modelos lucieron distintas variaciones de un traje de verano abiertamente inspirado en los uniformes colegiales.
Las chaquetas fabulosamente cortadas dejaban asomar los puños de la camisa y los pantalones cortos por encima de la rodilla mostraban unas piernas invariablemente cubiertas por calcetines largos en colores lisos. El derroche de lujo informal, propio de un college norteamericano de los años 50, rozaba finalmente la autoparodia en modelos estampados con pequeños peces y tiburones.
Director creativo de Moncler Gamme Bleu -firma con la que acaba de desfilar en Milán- y de la línea Black Fleece de Brook Brothers, Thom Browne es para muchos el hombre que ha rescatado con su firma homónima el traje masculino para la causa de la modernidad. Sin formación técnica en moda, después de probar suerte como actor en Los Ángeles y de trabajar para Ralph Lauren en Nueva York, lanzó su propia marca en 2001 fascinado por sus adquisiciones de trajes masculinos vintage y por las posibilidades de transformación que encontró para estas prendas en manos de un sastre italiano.
Browne ha detectado el lado chic del empollón abundando en el punto de encuentro entre la estética preppy y la actitud más desafiantemente masculina cifrada en los códigos del vestuario deportivo. Falta por comprobar si el atribulado hombre contemporáneo está preparado para gastar cinco mil dólares en vestirse a medida de atildado pijo adolescente.